viernes, enero 02, 2009

Independencia.-

Extraño...

Sí, es muy extraño que no haya posteado, en todo este tiempo, respecto a mi recién estrenada vida como santiaguino ¿Será que la rapidez del proceso me dejó medio perdido? De cualquier manera, y aprovechando el comienzo de un nuevo año, me reconozco esperanzado y muy contento con el desarrollo de los acontecimientos.

Nueva casa, nuevos espacios y nuevas responsabilidades. La verdad, no pensé que me resultaría tan natural comenzar a hacer tareas que antes jamás había hecho de forma regular. Pagar cuentas, ir al supermercado, limpiar cocinas y baños, todas eran labores del hogar algo extrañas pero siempre presentes. Lo increíble es que me he adaptado con gran facilidad a este nuevo ritmo, y puedo llamar a este departamento casa tras sólo unos meses de vivir acá.

domingo, diciembre 28, 2008

Maravillas multimedia.-





Solo.-

La soledad es un estado que no se busca. Te persigue, te encuentra y, a veces, se te enreda y entra en los poros sin querer irse. Y aunque para muchos esta sea una condena tremenda, hay otros que, como vuestro servidor, ha encontrado un renovado interés en estos espacios de introspección obligada. Desde mirar el techo hasta definir una nueva combinación de caminos para llegar al mismo lugar, todo parece distinto cuando se le ve con los ojos de la independencia.

lunes, diciembre 08, 2008

Érase una vez yo.-

De repente, me siento a esperar. Me quedo quieto y sólo muevo los ojos, esperando pillar un destello a la pasada, algún cambio sutil en el ambiente que me permita pensar que el universo se transforma y muta en algo mejor. De repente, me siento a esperarTE. A ti, que no eres persona, que eres un constructo extraño, una mutación del aire que respiro y de la tierra que piso. Y cuando dejo las defensas de lado, realmente creo que existes: empiezo a crear planes, a visualizar escenarios... ¿Extraño no? Yo creo que sí.

Soy un esperanzado de la vida. Eso es lo que pasa. Todavía creo que el cielo es celeste, aunque esté manchado de smog. Cuando llueve, me gusta mojarme sólo para sentir que es real ese milagro que descascara una ciudad entera consumida por el polvo. Por eso me cuesta creer en los accidentes, cuando todo me indica que hay un orden mayor, una fuerza cósmica que nos lleva hacia alguna parte que no siempre es la que queremos, pero a la cual nos toca sacarle provecho.

También soy detallista. Creo que el cariño se ve en los pequeños gestos. En un aseo bien hecho, una comida rica, un regalo elegido con cuidado. Soy de los que piensan que sí se notan esos esfuerzos... como cuando me quedo callado para escucharte hablar, a pesar que me encanta acaparar las conversaciones. Cosas que uno hace. Porque cuando la vida te mueve tan rápido, hay que aferrarse a esa sensación de control falsa de los episodios más cotidianos, de las escenas más simples de la existencia.

viernes, octubre 24, 2008

La verguenza.-

Hay momentos que uno pagaría por olvidar. Y no, no me refiero a escenas de amor o buenos recuerdos que se van poniendo amargos con el tiempo, exaltados por la ausencia de quien fue y no será más (a lo "Eterno Resplandor..."). Escribo sobre reales episodios de vergüenza, de escenas donde tu conciencia te juega malas pasadas o el azar se encarga de ponerte en evidencia, empelotándote.

Por algún designio del destino, me han tocado varias experiencias de este tipo. Desde caerme de un camino en altura cuesta abajo por andar leyendo el diario hasta ser recibido con pifias por un curso de la media. La pregunta es: ¿Son estos ritos de maduración imprescinsibles, tanto como para justificar su existencia? El tema es que, a medida que uno va soplando más velitas, esos errores se vuelven más intrincados y complejos. Se enredan con otras zonas de tu vida, armando una maraña que, aunque uno pretenda tomarla como parte del ya complejo camino de la vida, parecen más innecesarios ya que nos sentimos más críticos.

Obviamente, nos queda el "no lo volveré a hacer" y el "bueno, aprendí", pero no son suficienes al considerar todo lo que se dejó y el daño -visible o invisible- que hemos generado, no sólo en nosotros. Y es que, tomando en cuenta que no se puede pagar por olvidar, al menos podríamos no recordar constantemente. Ante esto, la claridad parece la respuesta. Decir "no me gusta este tema" es el mejor remedio ante las lenguas calenturientas llamando el cahuíneo.

viernes, octubre 17, 2008

La espera.-

Pensar en el futuro siempre trae preguntas. En mi caso, siempre han sido preguntas de contenido positivo, del tipo "qué lograré", "cómo será mi vida", etc. Interrogantes que, más que provocar preocupación, generan energías y sueños. Muy por el contrario, para mí la mayor incertidumbre se encuentra en el presente... no en ese presente vivaz y bullicioso, sino en aquel que se mantiene estático, donde todo parece congelarse y te empiezas a ahogar de a poco.

Hace algunas semanas ya, logré un paso importante: terminé la universidad con todo lo que esta significa. Ahora, el paso a seguir sería conseguir un trabajo en lo que hago y empezar a desarrollarme, a aprender haciendo. Sin duda, es más fácil escribir al respecto que hacerlo en realidad, ya que las posibilidades son pocas y muchos los desvíos. Ante esta poco alentadora realidad: ¿Qué hacer? Lo más sensato sería tener paciencia.

Paciencia... interesante palabra. Démosle tiempo y conversamos.

martes, septiembre 02, 2008

Leave tonight or leave and die this way?

Mi canción favorita del mundo...

Would you leave your live and ride?

Un chileno... en la micro.-

Hoy ví a un chileno en la micro. En medio de mi presurosa carrera por llegar a clases y mi característica lectura matutina, lo divisé subirse al mismo bus en que yo me encontraba. Como buen chileno, caminó hasta el fondo del mismo sin mirar a nadie, con bolsas en una mano, un maletín en la otra y la pesadumbre esparcida por el rostro entero.

Yo, como un chileno más, lo observé disimuladamente. Este chilenito se movía con dificultad intentando balancear sus pesados bultos y mantener su peinado engominado y su terno en perfecto orden. A pesar de que habían asientos disponibles –cosa bastante impresionante a esas horas de la mañana- no se sentó. “No querrá arrugar el traje” pensó mi mente chilena al verlo mecerse al compás de los baches del camino.

La micro se llenó lentamente y chilenitos de diversos colores y tamaños empezaron a ocupar los asientos disponibles. Estos nuevos modelos de bus tienen una particularidad: poseen sólo una corrida de asientos a un lado. Esta fila fue la primera en llenarse. “Los chilenos quieren individualidad” meditó mi amodorrado cerebro chileno aburrido de leer.

Las caras somnolientas y tristes de cada chileno demostraban algo que parece una constante: los chilenos están cansados y solos. Cada uno está aburrido de su perra existencia chilena, repleta de dudas e inseguridades que se generan al sobrevivir en “la copia feliz del Edén”. Mientras cada uno de estos rostros chilenos se rendía frente al sueño, el hombre de terno seguía sin sentarse, con sus bolsas y su tristeza, mirando el horizonte.

Poco a poco, y a medida que nos alejábamos del centro de la ciudad chilena en la que nos encontrábamos, la soledad comenzaba a hacerse presente en aquella micro. Cada persona, sumida en su propio y personal mundo chileno, se olvidaba lo que la rodeaba y de aquel joven chileno de terno que, aún de pie, resumía en su figura lo que somos: chilenos incapaces de decir lo que sienten, de mirar a los ojos, de mostrar que opinan del mundo y, como quedaba en evidencia, sentarse en el bus.

Cuando me bajé de este transporte público chileno, me invadió la preocupación por el devenir de nuestra sociedad chilena sumida en el mutismo. Un silencio a la chilena que, incluso, hace que nos dé vergüenza sentarnos en la micro o pedirle a alguien la hora, pero que sí nos permite insultar y discriminar siempre y cuando nos mantengamos en el anonimato que otorga esta masa chilena. Sólo algunos chilenitos, pocos, levantan la voz y expresan lo que sienten “cara a cara”. ¿Y es que acaso Chilito podría irse a la mierda y ningún chileno opinaría al respecto sin esconderse?

domingo, agosto 24, 2008

Te encontré guardado.-

Hay personas que viven buscando el cambio. Lo persiguen, a veces sin razón aparente, de una manera más bien instintiva. Es como si algo en las entrañas los llamara a avanzar, a evolucionar, a sacudirse el polvo que se acumula sobre quienes se quedan quietos. Yo no pertenezco a ese grupo… sin embargo, tampoco soy de aquellos que permanecen estáticos ante los avatares de la vida, dejándola hacer y deshacer con su fragilidad.

Yo soy de otro subgrupo, de aquellos que sienten estar destinados a mejores cosas y esperan, se van enmoheciendo, pero siempre están observando, como los felinos, quietos esperando la presa correcta, presos de una quemante ansiedad. Es esa ansiedad la que, en este momento, consume mi enredada mentalidad.

No es una sensación negativa, permítanme aclarar. Es otro tipo de fuego, que hace que te piquen los dedos y que te palpite la vena que te cruza el lado derecho de la frente. Verte en transición es rico, porque te hace relajarte y considerar todos los problemas y dificultades como transitorios, parte de un proceso mayor.

P.D: Dí con este documento de casualidad. Lo escribí durante la semana, y es raro leerlo y ver cómo difiere del anterior posteo. Extraños juegos de la mente.

Crónica del Licenciado.-

No soy fanático de las esperas. Muy por el contrario, soy fanático de la puntualidad, de las horas precisas, del minuto justo y de aprovechar cada segundo. Sin embargo, debo reconocer en la espera un dejo de deseo incumplido, de ensueño, que la levanta de entre las prácticas no gratas y la transforma en una experiencia de auto-conocimiento, de exploración de las propias motivaciones.

Hace un mes que esperaba mi decreto, aquel documento que me transforma oficialmente en licenciado... no, no Tetarelli. Y después de semanas de acosar telefónicamente a la secretaria de mi universidad (bendita damisela, crespa, sexy... se cree el cuento), finalmente me avisa que todo está listo, y puedo de inmediato entregar una carta para mi exámen de título, paso final en este derrotero que es la formación universitaria.

¿Cuánto tiempo esperé por este momento? La verdad es que, al parecer, fue demasiado, tanto que ya no recuerdo el motivo de tanta añoranza. La espera era mucho mejor, me probaba, me hacía conocer límites y pensar en un futuro lejano al cual dirigirme. Ahora, ¿qué esperar? Una pega mal pagada y poco apreciada, en un país sobrepoblado de profesionales que, tal como yo, sueñan con ser Truman Capote y terminarán cubriendo inauguraciones municipales.

Estoy cada vez más amargo. Sebastián, recuerda que eres positivo, que todo va a salir bien.